23 jun. 2013

Sala 8 por Mauricio Rosencof

Cuando termino de leer un libro, me quedo pensando unos días la historia, en las sensaciones que me produjo, en su final; si es abierto a la imaginación y a la reflexión, o que pasó por la cabeza del autor.
No siempre se me hace fácil exponer enseguida lo que pienso del libro y organizar lo que está en mi cabeza.
Y sigo leyendo otro y otro y otro más, y sigo sin escribir. Empiezo a imacientarme sin encontrar el tiempo ni el lugar adecuados para expresarme.
Hasta que un libro me hace sentir muchas emociones fuertes y se produce un click en mi cabeza. Y así vuelvo a éste lugar, que es la forma que encontré de compartir lo que tanto me gusta.

Hoy vuelvo a la historia de mi país. A Mauricio Rosencof y su libro Sala 8.

“Nunca sé si acabaré
el verso que te escribo.
Una tarde quedará suspensa
la palabra que no cierra el punto,
y serán sus letras solo tinta fría.
Pero tú comprenderás mi amor,
aún en el verso
que no escriba.”

“Suelo rondar, desde que no estoy, por la Sala8.”
Así empieza esta historia de un desaparecido por la dictadura, que estuvo mientras vivió y está, porque “las almas de los que no recibían sepultura ni rito funerario alguna estaban condenadas a vagar eternamente.”(según los griegos), hasta ser trasladado a la morgue y a su solución final.


Esta historia es la que no debemos olvidar los uruguayos. Es la de los desaparecidos que nunca fueron enterrados, de sus padres, madres, hermanos y amigos que no pudieron llorarlos.

La paz de los muertos y la propia se encuentra cuando tenemos la verdad frente nuestro.
Los recuerdos se desvanecen con el tiempo y solo nos quedan fragmentos de imágenes y situaciones vivídas. Pero la memoria perdura.

Rosencof construye la historia mezclando la ficción con la realidad.
Juega con los tiempos verbales (“Uno estuvo, está ahí, aunque ya no esté, porque no sé adónde fui a dar.”) y maneja la ternura y el humor exquisitamente. Da placer leer algo tan bien escrito y sentirse parte de esa memoria.
“Esta cosa tan griega que soy hoy-nada-requiere el retorno a la pertenencia materna para poder volver a ser (cómo serán los Campos Elíseos?), y ahí me tienen, a las vueltas o quieto ahí, al pedo. Por qué no me entregan a la vieja y punto, a otra cosa.”

Hasta las lágrimas...
“-Me gustaría explicarle, Enjuto, decirle a mamá que los recuerdos son como figuras en la arena. Uno va dibujando ahí lo que venga. De guacho, una casita con chimenea. Luego vendrán las iniciales, alguna frase. Un pájaro. Decirle que con la luna el mar crece y las olas avanzan y atrapan nuestros sentimientos gráficos, y se los llevan. Los recuerdos son así, mamá. El mar se los lleva, los guarda, no se disuelven, solo se desparraman, siguen ahí. Hasta que una nueva ola, convocada por una nueva luna llena, los vuelva a depositar, y serán las mismas arenas de entonces las que guardan desparramaditas, en grano, la memoria de las figuras que fueron. También nosotros, mamá. El cilindro se viene herrumbrando. Todo se descascara. Pero vos, mamá, cuando asome la luna, esperame en la orilla del mar.”